Por fin he podido ver la triunfadora de la pasada edición de los Goya. Ahora que el tiempo me lo permite, era el momento adecuado para sentarme con tranquilidad y comprobar si de verdad se merecía tantos piropos como le habían caído desde la crítica. Enrique Urbizu ha dado en No habrá paz para los malvados un nuevo paso hacia la consecución de un estilo propio, definido y característico. Más allegado al cine negro que al de acción, más próximo al modelo extranjero que al patrio y más tradicional que modernista o experimental.

Todo está trazado con tiralíneas en este guion que nos cuenta una historia paralela a dos bandas entre un policía (Coronado) que se ve envuelto en una serie de asesinatos por culpa de su alcoholismo empedernido. Al mismo tiempo, otra investigación – también de los maderos – hará que no seamos capaz de atisbar un final a ciencia cierta. A pesar de que la parte dinámica se concentra en los 15 primeros y en los 15 últimos minutos, el medio nos arroja un vacío de pólvora que permite adentrarse al espectador en unos personajes bastante logrados, sobre todo el de José Coronado, que es caso aparte. Urbizu y su gran sentido del ritmo – ayudado por un eficaz montaje – consiguen que no estés deseando que acabe de una vez el film para saber qué pasa, sino que te dan ganas de que continúen lloviendo con cuentagotas esas píldoras de desarrollo argumental.

¿Se merece la oleada de premios?

Bueno, en realidad supongo que es debido a que le había llegado la hora a Urbizu. Después de un par de décadas alejándose de lo convencional, su cabezonería al explotar una y otra vez el mismo recurso de diferentes formas ha dado sus frutos. Seguramente estemos ante su obra cumbre, para mí por encima de La caja 507 (2002), su otro producto estrella. Si ahí sus dos actores fetiche – Coronado y Antonio Resines – se repartían las cuotas de pantalla, esta vez el protagonismo absoluto e indiscutible se lo lleva el primero. Quien no conozca al señor del bifidus, se podría llegar a creer que siempre ha hecho este tipo de papeles porque le viene que ni pintado. Frío, calculador y con una personalidad tan cerda como arrolladora, Coronado y su Santos Trinidad – que así se llama el personaje – consiguen mantener por sí mismos el largometraje.

Desgraciadamente, la parte mala que tienen los festivales de cine es que tienen que compararte con otras películas para decidir cuál es mejor. De otra forma no se puede argumentar el símil de si esta es mejor o peor que La piel que habito (2011) de Almodóvar. Además, Coronado es un tipo que cae en gracia en el círculo interno de actores. Se dice y se comenta que es muy majete y más cercano de lo que aparenta su imagen de sex symbol castizo. Quizás de aquí en adelante su carrera vaya cuesta abajo, pero por lo menos ya dejó un papel para la posteridad del cine patrio. Un hurra para Urbizu y dos o tres para Coronado. Gracias por no haberme hecho tirar dos horas de mi vida.

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Si la habéis visto, contadnos qué os ha parecido. ¿Pensáis que es justa merecedora de tantos premios o que tal vez está un poco sobrevalorada? ¡Esperamos vuestras impresiones!

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