Cuando Marjane Satrapi decidió plasmar la historia de su vida, o de las tres últimas décadas de Irán, le sobraban motivos para incurrir en el drama. Pero parece ser que Satrapi encara el trabajo como la existencia: con inteligencia, ironía y bastante mala leche. Así que la mujer que se dibuja con un característico lunar y un inseparable pitillo -dicho así suena a una mezcla entre Monroe y Dietrich, pero no-, firmó un relato duro sin caer en el tremendismo, tierno sin pecar de sensiblero, mordaz pero sin moralinas.

Ese buen hacer lo mantuvo a la hora de trasladar, junto a Vincent Paronnaud -con el que repitió en Pollo con ciruelas (2011), con peores resultados-, la novela gráfica a la gran pantalla en una cinta que respeta el espíritu del cómic: viñetas en blanco y negro y un trazo simple que a ratos bebe del expresionismo alemán.

Persépolis (2007) repasa la historia reciente de Irán a través de una familia burguesa -muy (¿demasiado?) cultos y progres todos, incluso la abuela-. La narradora es primero una imaginativa ‘Marji’ niña, testigo de la revolución que derrocó al Sha y de la guerra con Iraq; luego una deslenguada adolescente a la que mandan a estudiar a Austria para escapar de la represión de Teherán; y finalmente la Marjane adulta.

En el Festival de Cannes, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado, hubo quien la tachó de subjetiva -¿es que acaso se puede firmar una autobiografía sin ser partidista?-. Pero no por eso deja de ser un trabajo lleno de matices. Satrapi reparte a diestro y siniestro: junto a la crítica al régimen dictatorial de su país está la de la Viena que la acogió -prejuicios, individualismo, jóvenes con carné de nihilistas de lunes a viernes-, o la de sus propias actitudes, como cierta frivolidad de niña bien con crisis existencial.

Quizás donde chirrían esas memorias es en detalles personales como algunos de los exabruptos que escupe por su boquita una Marjane de carácter indomable que no se calla ante nada ni ante nadie; un tono que roza la hipérbole pero que no se atraganta al encontrarnos en el terreno de la animación y que se le perdona porque son sus recuerdos y, al fin y al cabo, como dice Serrat, los recuerdos suelen contarte mentiras…

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Dicho esto, opinen que es gratis -y legal, por ahora, en este nuestro país-. ¿Exageración? ¿Memoria selectiva? ¿Dos ovarios como dos soles? ¿Algún valiente que se atreva a decir que en este caso el libro también es mejor?