Por estrictos temas de edad, es posible que buena parte de los españoles todavía tenga en sus cabezas la distorsionada imagen de Pedro Almodóvar como un amago de músico hortera con tantas plumas como tachuelas, y con más ideas que sentido de la vergüenza. Ahora mismo, 23 años después de su debut en la gran pantalla —omitimos para beneficio colectivo aquel Folle… folle… fólleme, Tim! (1978)— con Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), la estela de éxito que ha dejado el director manchego por todo el mundo está al alcance de muy pocos… y en todo caso, ningún otro que haya nacido en España, por supuesto.

Tanto en la cinta protagonizada por Carmen Maura y Alaska, como en la mayoría de sus primeras películas, el director se empeñó en traducir el renovado y desinhibido lenguaje de la movida madrileña a la gran pantalla. Sin embargo, ese reflejo que desvariaba entre las hombreras y el libertinaje sexual, llevaba de la mano una vertiginosa evolución del dominio de los recursos cinematográficos. El empleo de planos tan imposibles como impecables se convirtió rápidamente en una marca de la casa al alcance de muy pocos que, cómo no, rápidamente llamó la atención de Hollywood y le valió su primera nominación al Oscar de Habla No Inglesa en 1988 por la acertadamente chistosa Mujeres al borde de un ataque de nervios.

Almodovar, cámara

Mientras los premios caían por su propio peso, paralelamente se estaban gestando un factor que condicionaría el estado actual de Almodóvar: la aversión que sentía por los medios de comunicación. Dicha reticencia no hizo otra cosa que enclaustrar al artista en un ensimismamiento personal que acrecentaba su ego, un hecho que degeneró en la teóricamente beneficiosa creación de su toque de autor en el séptimo arte. A partir de entonces, don Pedro ya se diferenciaba de la competencia con ese sello inconfundible en los textos que entremezclaba conceptos como el travestismo, las relaciones imposibles e incluso una religiosidad atípica.

La calidad de sus obras era casi incuestionable, pero su infinito potencial hacía que siempre se le exigiese mucho más que a otros compañeros de profesión, por lo que comenzaron a caerle numerosas críticas. Curiosamente, fue entonces cuando el oscarizado realizador sacó a pasear su mejor repertorio de la mano de El deseo, su productora, y creó piezas de porcelana como Todo sobre mi madre (1999), Hable con ella (2002) o Volver (2006) para callar bocas; aunque algunas más grandes, como la del influyente Carlos Boyero, nunca terminaron de saborear el extravagante menú.

Almodovar, gafas de sol

En ocasiones, da la impresión de que el hombre que afirmó que “ser director de cine es lo más parecido a ser Dios” nunca parece conformarse con las respuestas que recibe. No le falta ningún premio en las vitrinas de su casa y sus registros en taquilla, lejos de decaer, continúan arrojando cifras envidiables, como se ha podido comprobar esta semana con el estreno de Los amantes pasajeros. ¿Qué más quiere? ¿que todo el mundo disfrute con sus regocijos personales? ¿que nadie ose templar su comicidad caliente? ¿que quien no comparta sus ideales se escude también en silencio detrás de unas gafas de sol?

Algo falla cuando se le quiere más fuera que en su propio país. Puede que sea ese regusto guiri tipical Spanish que rezuman sus argumentos y que tan fácilmente parece embaucar mentes más allá de nuestras fronteras; puede también que ese intento forzado de hacer las paces con la Academia española llegue demasiado tarde y que el daño sea irrevocable; tal vez las voces críticas no sean capaces de comprender en su totalidad la repercusión del mensaje transmitido, o incluso que su ingenio sea demasiado anticipado a nuestro tiempo. De una forma u otra, resulta irónico que el título que mejor refleje su amor-odio con la crítica sea el de una película suya: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? 

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