Durante los años 80 y 90, un formato como el cine de acción vivió su época gloriosa en las carteleras gracias a la nueva predisposición que surgió en las volátiles mentes de los espectadores. Estos productos olvidadizos de digestión rápida y defecación sencilla volvieron a retomar la figura del actor como epicentro de la industria y, al igual que sucedía durante la primera mitad de siglo XX, muchas personas no pagaban por ver una “nueva película”, sino por la “nueva película de fulanito”. Y quien dice “fulanito”, dice “fulanazo”, porque semejante cantidad de testosterona junta nunca antes fue vista.

Steven Seagal, Jean Claude Van Damme, Chuck Norris, Bruce Willis, Sylvester Stallone, Wesley Snipes o Arnold Schwarzenegger recibían una lluvia de guiones prefabricados que perfectamente podrían intercambiárselos unos con otros. Cada uno le aportaba su respectivo toque distintivo como un rostro inquebrantable —en la salud y en la enfermedad—, un flequillo inamovible, una patada voladora o la demostración reiterada de que el actor de turno era poseedor del cinturón negro de karate. La audiencia ya sabía lo que iba a suceder, pero a nadie le importaba desenfundar su billetera para volver a ver las mismas escenas, con diferentes excusas.

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Sin embargo, la renovación generacional no ha sido tan prolífica como a muchos les hubiese gustado y el eco de sus puñetazos terminó cayendo en el olvido con el nuevo milenio. O eso pensábamos casi todos, porque ahora parece que este elenco de jubilados ha desempolvado sus chalecos antibalas del baúl de los recuerdos. La genial campaña de marketing orquestada por Stallone con el popurrí de chascarrillos evocativos que llevaba por nombre Los mercenarios (2010) fue el detonante que necesitaban para volver a la primera plana. Todos juntos lo consiguieron, y ahora les toca por separado.

Dejando a un lado a Bruce Willis, al que un servidor considera un intérprete con bastantes más aptitudes que el resto de sus colegas de disparos, la noticia de “la vuelta de” tal y cual comienza a ser un titular recurrente en los teclados de la prensa especializada cinematográfica. Van Damme estrenó hasta cinco títulos diferentes en 2012; Schwarzenegger se cansó de llevar traje y corbata en meetings políticos—eso, o que el juicio por su infidelidad le costó tanta pasta que su regreso fue forzoso— y acaba de estrenar El último desafío como aperitivo del ocaso de Conan o la quinta secuela de Terminator; Seagal presentó el pasado curso una casi desapercibida cinta llamada Máxima condena, que hasta en el título conservaba el aroma noventero; Stallone llegó ayer mismo a España con Una bala en la cabeza; Snipes ya cumplió su condena en la cárcel y ultima la producción de Gallowwalker y Chuck Norris… bueno, Chuck Norris no necesita hacer nuevas películas para estar presente en nuestras conciencias.

Arnold Schwarzenegger, panorámica

¿Hasta cuando podrán prorrogar su fecha de caducidad? Las reminiscencias de su periodo glorioso —por llamarlo de alguna manera— comienzan a adolecer de reservas y el trabajo de gimnasio ya ni resulta suficiente para tersar las venas de sus brazos. Juzgando esta situación en frío, el grupo de actores-soldado se ha quedado ya sin munición, pero el eco mitómano de su firmeza ante el mal les ha elevado al nivel de iconos atemporales, lo cual añade un mínimo tiempo de descuento hasta que el crepúsculo del olvido dinamite definitivamente sus carreras. Se han convertido en salvavidas añejos, en héroes del cualquier tiempo pasado fue mejor… y quién sabe si en piezas claves de un pedacito de historia del séptimo arte. Volveremos a hablar en otros 20 años.