M_el_vampiro_de_Dusseldorf-328272243-largeA pesar de ser un arte con más de cien años a sus espaldas, el cine sigue teniendo algunos temas tabú que constituyen un estigma social y que pocos directores se atreven a tratar de forma abierta, siendo cuidadosos para agradar al público al que van referidos. Una de estas asignaturas pendientes es el asesinato de niños, los seres más indefensos de la naturaleza.

Últimamente, cintas como Adiós, pequeña, adiós (2007) de Ben Affleck, han sabido ganarse el favor del sector cinematográfico, pero para todo hay un pionero. En 1931, cuando en EE.UU. era impensable que un film así pudiera pasar la censura y estrenarse, el alemán Fritz Lang presentó en su país un relato capaz de helar la sangre a más de uno sin mostrar un ápice de sangre y haciéndonos dudar de la moralidad de las propias víctimas. Los niños veían en sus pesadillas a M, el vampiro de Düsseldorf, interpretado por un secundario de lujo de Hollywood que supo aprovechar esta oportunidad de debutar haciendo películas: el húngaro Peter Lorre, quien justo hoy hubiese cumplido 109 años.

Lang descubrió a Lorre haciendo una obra de teatro en Hungría, y ni siquiera el protagonista confiaba en el éxito que tendría la polémica cinta ya que, como muchos hombres criados en el teatro, desconfiaba del cine. Fue además uno de las primeros films en usar un leitmotiv, tema o motivo central, así como, aplicado a música, tema musical también recurrente, que en este caso fue un fragmento de ‘Peer Gynt’, del compositor Edvard Grieg.

Hoy día se considera a M un clásico del cine universal y una de las mejores obras jamás realizadas. Además de ser uno de los primeros en utilizar un leitmotiv, tal fue su impacto en la conciencia colectiva de los países del este que el régimen nazi, al llegar al poder, usó su cartel promocional para fomentar el odio antisemita, dado que Lorre, el asesino de ficción, era judío confeso.

El arrepentimiento del villano y la furia de la masa NCP_M-Hel P2_avi_003143476

Lang se inspiró para este personaje en el caso real de Peter Kürten, quien mató a varios niños en la ciudad alemana. El actor húngaro se mete en la piel de un asesino en serie de niñas, un psicópata apodado El vampiro de Düsseldorf que anda atormentado por su enfermedad mental y sin poder hacer nada para frenar sus impulsos.

Tras cometer el último de los crímenes en una escena marcada por los pequeños detalles y la intriga, se incrementa la presión policial y la vigilancia ciudadana. Se dará, además, la paradoja de que mafia y policía colaborarán por un mismo objetivo: terminar con el asesino. El asunto trasciende a una cacería humana, en la que la tristeza y la empatía hacia las víctimas derivan a un sentimiento de repulsión por parte del espectador.

Ya no existen héroes y villanos, solamente personas complejas, que se mueven entre la comprensión y la venganza; el pueblo no quiere saber nada de la justicia y solo tiene sed de sangre, y el personaje de Peter Lorre únicamente puede esconderse e intentar huir. Una sola letra, una ‘m’, desencadenará un conflicto que bulle en la sociedad civilizada desde hace siglos: ¿Justicia o venganza?

Esta fue la penúltima cinta que Lang dirigió en Alemania, y se trata además de una historia que el propio realizador siempre consideró su mejor trabajo. Lorre también daría el salto a EE.UU. con la llegada de Hitler al poder, y sabría ganarse reputación actuando para Hitchcock y en cintas como Arsénico por compasión (1944), El halcón maltés (1941) o su mayor oportunidad, Casablanca (1942).

Debido a lo peliagudo de su argumento, jamás recibió reconocimiento oficial por parte de la Academia norteamericana y los críticos se quejan de que una actuación como la de Lorre no recibiera su candidatura correspondiente. No obstante, les queda el honor de haberse atrevido a captar una historia que no es del agrado de todos y haberla convertido en una de las mejores jamás hechas. 

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