canibal posterPsicópatas en el cine y en las series hemos visto muchos y de todo tipo. Los hay exquisitos, los hay que parecía que iban a ser una cosa y luego eran otra -¡algún día hablaremos por aquí del final de Dexter!- y los hay tan fríos, apáticos e inmutables como éste que aquí nos presenta Manuel Martín Cuenca: su Caníbal granadino interpretado con sorprendente contención por el siempre gran Antonio de la Torre. Lamentablemente, esa contención de la que hace gala tal vez acabe siendo su mayor losa, pero eso mejor lo explicamos un poco más adelante…

Como decíamos, el Caníbal del título es Carlos (De la Torre), el sastre más profesional de Granada, pulcro, solitario y entregado totalmente a su trabajo. Tan solo de vez en cuando realiza escapadas a su cabaña de la sierra tras ejecutar sus particulares e inquietantes cacerías, que traen como resultado la muerte de mujeres desconocidas sin ningún tipo de remordimientos por su parte. Carlos es un psicópata en toda regla: ni siente ni padece; pero a raíz de uno de sus silenciosos asesinatos conocerá a Nina (Olimpia Melinte), una joven rumana que le hará empezar a plantearse muchas cosas. O como expresó Martín Cuenca en la rueda de prensa de su película en el Festival de San Sebastián: ¿Qué pasaría si el demonio se enamorara?

Muerte, sangre y redención

Anticipamos desde ya que si alguien espera que el Caníbal de Antonio de la Torre acabe siendo una especie de Hannibal Lecter, se equivoca de lado a lado. La cinta que nos ocupa tiene más de suspense y de introspección que de vísceras, sangre y hachazos. O, dicho de otro modo, es más de sugerir que de mostrar y de preguntarte qué estará pasando por la cabeza del sastre que de observar detenidamente sus reacciones. Ahí juega un papel fundamental la actitud hiératica y contenidísima de De la Torre, para el que tuvo que resultar todo un reto el mantenerse impasible a cada plano de la acción -solo hay que pensar en anteriores papeles de este actor-. Por otro lado, la atmósfera que Martín Cuenca imprime al film casa de maravilla con el frío mundo interior de nuestro protagonista, con lo que la sensación de vacío y soledad impera sobre todo lo demás.

CanibalPero, como también adelantábamos al principio de esta crítica, tanto vacío y frialdad acaba pesando sobre la película y en mi caso, me deja con igual sensación al abandonar la sala de cine. La imposible historia de amor entre aparente víctima y verdugo es tan increíble, tan falta de toda química, que no me la creo ni poniendo toda mi buena intención. La perturbación buscada por el director no se consigue salvo en unos pocos planos -ese comienzo en la gasolinera, esa tremenda escena en la playa– y la conexión con el silencioso psicópata, difícil ya de por sí, resulta totalmente nula. Vamos, que casi te acaba dando igual si se queda a vivir en la sierra o si acaba teniendo algo con la rumana que llegó para romperle los esquemas. Lo siento, Martín Cuenca, pero tu historia de muerte y redención a mí no me ha llegado esta vez

A pesar del tono negativo general de esta opinión, no quisiera finalizarla sin decir que Caníbal, aunque no nos llegue del todo desde el punto de vista argumental, es de una belleza visual maravillosa. Esos planos como si fueran cuadros, esa Sierra Nevada majestuosa y esa sobriedad y penumbra que rodean a los personajes nos dicen que Martín Cuenca tiene mucho que decir en nuestro poco valorado -sobre todo, por ciertos miembros del Gobierno- cine español.