El 3D es un bluf. Un bluf tridimensional, pero un bluf. Los que hemos pasado la peligrosa barrera de los 40 sabemos que el cine en tres dimensiones no es más que una técnica cinematográfica recurrente que aparece cada cierto número de años como la idea salvadora que llenará los cines a cascoporro, empleando palabras técnicas.

Cuando se inició la expansión de la televisión, a mediados del siglo pasado, las grandes productoras de cine comenzaron a competir contra la pequeña pantalla con su mejor truco: la gran pantalla. Las películas comenzaron a rodarse con tres cámaras y se puso de moda el cinerama y el uso del color frente a las televisiones en blanco y negro. También se retomó la idea de los largometrajes en relieve que malvivieron con los normales hasta que aquello degeneró tanto que llegaron a rodarse hasta las eróticas en 3D, con el consiguiente peligro para los espectadores de las primeras filas. Pero se logró lo que se quería. La gente veía el cine y la televisión como algo distinto.cinema_opt

Sin embargo, en este siglo XXI en el que las pantallas de televisión casi se han equiparado en tamaño a las de las pequeñas salas cinematográficas, la salvación momentánea para las salas ha sido el cine en relieve, en 3D. Avatar (2009), de James Cameron, Alicia en el país de las maravillas (2010), de Tim Burton o una gran lista de películas de dibujos animados han revitalizado sin duda las taquillas. Hasta los fabricantes de televisores se apuntaron al carro anunciando como inservibles los aparatos de alta definición y de plasma ante el empuje de los nuevos televisores en relieve. Pero el resultado ha sido que Papá Noël tiene en Laponia cientos de miles de televisores en relieve a los que no consigue dar salida.

Y es que el asunto del relieve parte de una cíclica vuelta atrás. Cuando nació, la radio se escuchaba con unos auriculares unidos por un cable al receptor. Un día se inventó la radio con altavoz y la gente se liberó de los cascos y podía caminar por una habitación escuchando música. Fue la época en la que nació la televisión y los críticos –siempre con su buen ojo- le auguraron poco futuro porque ¿quién iba a permanecer fijo mirando un punto de la casa cuando la radio te permitía moverte libremente? Librarse de los pesados auriculares –unas prótesis auditivas- era una revolución; sin embargo, ahora la gente va por la calle con unos auriculares tan grandes que ya quisiera para sí la Dama de Elche. Todo es raro.

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En cirugía los médicos hablan siempre de intervenir para eliminar las prótesis. Se opera una rodilla para no tener que llevar muletas, salvo en el caso del Rey, que no se sabe muy bien para qué le operan… Se realizan implantes dentales para que las dentaduras postizas se olviden en sus vasos de agua o se utiliza el láser para eliminar definitivamente las gafas. El mundo es más cómodo sin prótesis, pero cuando vas a ver una película en 3D, lo primero que hacen es cobrarte las incómodas gafas en la entrada. Luego, la película suele tener escenas pensadas específicamente para asombrarte con el relieve. En pocos minutos verás cómo nieva delante de tus narices, te lanzarán algún objeto a gran velocidad a la cara o verás alguna engañifa más que conseguirá que olvides completamente que estás intentando enterarte de una historia y no asistiendo a unos juegos malabares. Es la vuelta de Méliès y sus trucos.

En Méliès, esas engañifas salvaron el cine y, al menos, la narración de su viaje a la Luna era una historia. 100 años después, las películas que mejor soportan el 3D son las del espacio. Los movimientos de los astronautas de la Estación Orbital Internacional que se pueden ver en los cines con tecnología Imax, muestran que el cine documental en relieve, envolvente, tiene mucho sentido. La actual Gravity, de Alfonso Cuarón, es un buen ejemplo donde el 3D sirve para meterte en la historia y no para echarte de ella.

GRAVITY

Sigo pensando que lo importante del cine es que te cuenten buenas historias y que te las cuenten bien. No me imagino Casablanca (1942) de Michael Curtiz en relieve, ni Al final de la escapada (1960) de un tal Godard en la que la nariz de Belmondo roce el asiento delantero de mi butaca, aunque sí la 2001 de Kubrick. Por eso creo que el 3D hay que guardarlo para las grandes ocasiones, para los domingos y no para diario. No vale para todo, ni todo vale. ¿Cuál será la próxima revolución? ¿El tan recurrente cine con olores para ver películas medievales en su salsa? ¿El cine inducido en pastillas para elegir lo que quieras soñar esa noche? Tal vez dentro de unos años, cuando el 3D vuelva a estar de capa caída, anunciarán la revolución de la cuarta dimensión en el cine, el 4D. ¿En qué consistirá? A lo mejor solo en que mientras ves una película en relieve, el acomodador te pegará una colleja por detrás cuando mires el móvil para ver el Twitter. Y las taquillas volverán a rebosar por otra temporada, te cuenten lo que te cuenten.