imagesLa verdad tiene muchas caras diferentes y, en cierto modo, es imposible de descubrir. El director japonés Akira Kurosawa supo sacar el mayor provecho posible de este concepto y nos dejó mediante su desarrollo, y en colaboración con el también cineasta Kazuo Miyagawa, una de las mejores películas niponas y obra culmen del cine universal: Rashomon (1950), que recibió un Oscar a Mejor película de Habla No Inglesa en 1951 por su gran contribución cinematográfica en la época en que esta distinción era realmente honorífica.

Kurosawa tuvo una vida dura, pues vivió en primera persona la Guerra Mundial, terremotos, catástrofes, los profundos cambios sociales, el pesimismo y la honda depresión moral y económica en la que se sumió su nación. A pesar de tantas desgracias, se sirvió de todos estos temas como inspiración para desarrollar esta y otras maravillas como Yojimbo (1961), Los siete samuráis (1954) o El infierno del odio (1963).

El nombre de Rashomon, que en japonés significa “la puerta del castillo”, viene de la más grande de las dos puertas que daban entrada a la ciudad de Kyoto, la anterior capital del país asiático, que sufrió tal deterioro que servía de cobijo a delincuentes y gente de mala vida. El escritor Ryunosuke Akutagawa utiliza esta gran construcción como símbolo de la decadencia social y cultural que sufren Japón y su población, derruidos por el tiempo, las circunstancias y sus propias acciones y ambiciones.

Esta pequeña narración, combinada con otra posterior del mismo autor llamada En el bosque, es la base de la que se sirve Kurosawa para crear una historia  que supuso  el comienzo y despertar de esta industria en el país. Acostumbrados a una censura nacional muy fuerte, tras la invasión norteamericana al final de la contienda mundial la represión de ideas se relajó, y Rashomon supuso una originalidad y una diversidad de planos nunca vista.

Una realidad, distintas opciones

descargaDesde distintos ángulos, se nos muestran unos hechos que sirven como pretexto para reflexionar sobre la maldad del hombre y su capacidad para destruirse o redimirse mediante su libertad para decidir. Cada uno vive con sus propios actos, pero puede optar por ocultar su culpa e imaginar su versión de lo ocurrido hasta crearse un mundo propio que interacciona con la realidad, siempre discutida. Por tanto, la verdad más absoluta siempre se ha mostrado inaccesible e imposible de determinar.

Con este panorama, la ambientación se sitúa en el siglo XII, en las puertas de Kioto del Japón feudal. Tres personajes introductorios —un sacerdote budista, un leñador y un peregrino— dialogan y conversan sobre maldad, bondad y todo lo mencionado a raíz del asesinato de un samurái. El atroz suceso se atribuye a un bandido al que se ajusticia, quien pasa a ser el auténtico protagonista del film, interpretado por el actor Toshiro Mifune, realmente desquiciado y rabioso en su papel.

Lo maravilloso es que se cuentan las completamente distintas versiones de cada una de las cuatro partes del altercado mientras el espectador se queda estupefacto, sin saber qué es lo que realmente pasó y todos los personajes de la cinta mienten de alguna forma en su visión de lo sucedido. Es el individuo contra el resto, una lucha por la supervivencia, aunque sea a base de autoengaños.

Con la naturaleza humana a escena y unos decorados y fotografía bien elaborados, pese a lo modesta de la producción, la narración con flashbacks completan una obra maestra que abrió las puertas de Japón a Estados Unidos y al cine mundial. Por eso no cuesta entender por qué no tardaron los americanos en realizar su adaptación de la obra al western, The Outrage (1964), con Paul Newman, Claire Bloom y Edward G. Robinson y por qué en 1990 Akira Kurosawa recibió el enésimo pero más grande reconocimiento de su carrera, el Oscar honorífico.

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