blue-jasmine-poster01No tardó la crítica en abalanzarse sobre Woody Allen después del desilusionador estreno de A Roma con Amor (2012). Muchos se pusieron catastrofistas y afirmaron que desde Match Point (2005), el director no había hecho nada que mereciese la pena –saltándose por alto la magistral Midnight in Paris (2011) y olvidándose por completo de otras películas menores para su talento, pero igualmente agradables que no merecen ser totalmente despreciadas-. ¿Había perdido el neoyorkino la gracia? ¿La frescura? Definitivamente, no; y si alguien sigue afirmando tal desfachatez después de ver Blue Jasmine, es que está ciego.

Pongámonos en contexto: se nos presenta la historia de Jasmine (Cate Blanchett) que, tras perder todo su capital por culpa de triquiñuelas de su estafador esposo (Alec Baldwin), no le queda otra opción que irse a vivir a casa de su hermana Ginger (Sally Hawkins) en San Francisco. Desposeída de todo lo material, Jasmine tendrá que reinventarse a sí misma en un ambiente de clase media sin perder su esencia. ¿Un drama o una comedia? No hace falta avanzar muchos minutos para darnos cuenta de que se nos está contando un dramón revestido de gags al más puro estilo Allen. Realizando, además, una radiografía minuciosa de una parte de la sociedad a través del personaje de Blanchett que, con su actuación, se hace ama y señora de la cinta desde el primer plano y presenta una firme candidatura a la Academia. Con su actuación consigue transmitir esa decadencia que está sufriendo su vida, recordándonos en algunos momentos a aquella Norma Desmond que vivía en Sunset Boulevard, atormentada y atascada en su ilusión de antigua grandeza, sin ser capaz de aceptar una nueva situación, ni de seguir adelante.

blue-jasmine1Woody Allen juega con nosotros en Blue Jasmine disfrazando esta cinta de comedia. Seguramente todos nos reiremos con ella, gracias a las caras de Banchett y su insoportable snobismo; o al aire chabacano de Ginger y su novio Chili, que parece la versión moderna de Stanley en Un tranvía llamado deseo –ambas películas guardan cierta similitud, ¿casualidad?- entre otras cosas. No obstante, cuando acabemos la película con esa media sonrisa de complacencia y empecemos a tragar todo lo que se nos ha plantado ante nuestros ojos comenzaremos a paladear ese regusto amargo que deja tan cruda historia. Y es que no hay mayor verdad que la que dice que los ricos también lloran -si el botox se lo permite-, y también ellos pueden convertirse en seres penosos en los que el glamour es solo la fachada y todo es fingido de cara a la galería. Puede que muchos nos retrotraigamos durante el visionado del film a personajes de la farándula política –y monárquica- española, o del mundo en general y quizás se nos pase por nuestra cabeza eso de “yo soy pobre, pero honrado” y, ante todo, feliz.

Blue Jasmine está enamorando a espectadores y crítica, a excepción de alguno que, con ganas de ir a contracorriente o de llamar la atención -¡qué sabré yo de sus motivos!-, tiñe su argumentación, sin sustancia ni lógica, de palabras como “estajanovista” o “naif” para dotarla de un toque pseudointelectual y que la gente se la crea. Afortunadamente, tal papeleta no me ha influido en nada a la hora de disfrutar de la última cinta de mi amado neoyorkino, que está a la altura de sus mejores títulos, y me reitero -como siempre he hecho y haré- en el placer que me produce acudir a la cita anual con el director para descubrir lo que me tiene preparado y, esta vez, no decepcionará a su público.

Y tú, ¿has visto ya Blue Jasmine? ¿Crees que Cate Blanchett tiene asegurado el Oscar? ¡Opina!