Ramón Arangüena, beatles_opt

El quinto Beatle es de Palencia

La película Vivir es fácil con los ojos cerrados es apta para todos los públicos pero más aún para los mayores de 40 años porque, por ejemplo, recordar las tortas que llovían sobre ti o a tu alrededor cuando eras niño y las imágenes de Fraga en Palomares nos inquietan más a los que sí estamos seguros de que existió una vida anterior en blanco y negro.

David Trueba hace una película entretenida y se inventa una road movie a partir de una pequeña noticia periodística de un maestro de inglés, Juan Carrión, que conoció a John Lennon en Almería mientras rodaba la película Cómo gané la guerra, de Richard Lester. Y, como buen cineasta, no quiere saber mucho sobre lo ocurrido en realidad y la anécdota le sirve para meter en el guion cosas que quería contar en algún sitio y nada mejor que mediante una película. Al igual que en la gran Soldados de Salamina, Trueba toma una historia y la reinventa.

Es normal que un film parta de una investigación periodística. Dos buenos ejemplos de ello son Todos los hombres del presidente, sobre el Watergate, o Buenas noches y buena suerte, sobre el Macartismo. En el caso de Vivir es fácil con los ojos cerrados, la historia es más íntima porque toma algunos de los pequeños descubrimientos de un periodista almeriense llamado Adolfo Iglesias. Es de esos compañeros de profesión que tienen lo que hay que tener para ser un buen periodista: sensibilidad. Él vive en Almería; le gustan los Beatles y le ha interesado siempre investigar la arqueología industrial y sentimental que dejó el cine en su tierra; entrevistar a los taxistas que transportaban a la diosa Claudia Cardinale a los rodajes en el desierto; charlar con los gitanos que hacían de indios en los espagueti western o buscar la casa donde John Lennon escribió Strawberry fields for ever.

Autógrafo John Lennon

Autógrafo de John Lennon al profesor que inspiró la película de Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Instinto periodístico a la vieja usanza

Como buen beatlemaníaco, Adolfo Iglesias coleccionaba maquetas –demos- y canciones nunca editadas de los cuatro de Liverpool y un buen día se puso a investigar una entrevista de Lennon en la que decía que había grabado Strawberry fields en una “big Spanish house” de Almería llamada Santa Isabel. Más tarde, apareció una grabación de los primeros balbuceos de la canción firmados por Lennon como “Santa Isabel Demos”. Adolfo Iglesias buscó casas, aldeas, lugares, barrios con ese nombre pero no encontró nada hasta que un día, pasando delante de una mansión abandonada en mitad de un polígono industrial, retiró las ramas de una palmera que tapaban la parte superior de una verja y allí apareció forjado el nombre de Santa Isabel. A los pocos días localizaba en Sevilla a los antiguos dueños de la casa para preguntar si algún melenudo había vivido allí. Y el círculo se cerraba.

La mansión abandonada había sido un vergel en el borde del desierto. Su alberca, sus palmeras y árboles inspiraron a Lennon la letra de una canción que le recordaba el frondoso parque por el que pasaba de niño todos los días para ir al colegio. La casa sirvió para acomodar en esos días también a Ringo Starr y a punto estuvo de tener como huésped a Paul McCartney, que partió para España con la idea de saber qué iba a pasar con el grupo en peligro de separarse. Las tormentas de Almería, con sus continuos apagones de electricidad, y el empeoramiento del tiempo por las lluvias hicieron que Lennon adelantara el regreso a Londres con su mujer Cynthia sin ese encuentro y, además, que a los pocos días conociera en una galería de arte a una japonesa llamada Yoko Ono. Flechazo. Si el tiempo meteorológico en el sur de España hubiera sido más benigno, tal vez la historia de los Beatles hubiera sido distinta.

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Adolfo Iglesias, retratado junto al maestro de inglés Juan Carrión.

Un modesto deseo que cambió la industria musical

Adolfo Iglesias sabía que Lennon había sido visitado en Almería entre otros por el fotógrafo César Lucas y el periodista Tico Medina pero un buen día descubrió que también un modesto maestro de inglés de Cartagena se había acercado hasta el lugar de rodaje, tras un viaje en autobús de línea por las complicadas carreteras mediterráneas, para hacerle a Lennon una sencilla petición: que en adelante escribiera las letras de las canciones en los discos para poder enseñárselas correctamente a sus alumnos. Lennon le hizo caso y una de las grandes sorpresas del disco Sargent Pepper’s fue la inclusión de todas las letras.

Iglesias ha reunido en Almería a gente de interés relacionada con los Beatles y la ciudad, entre ellos al maestro, que octogenario pero en activo, regresó a Almería para contar cómo fue aquel encuentro y demostrar que un pequeño gesto, una inquietud, puede cambiar muchas cosas. Al tener problemas de visión y sordera, solo los medios locales quisieron entrevistar a Juan Carrión en su día. Solo ahora, tras la película, los que rechazaron una entrevista han intentado por todos los medios localizarlo. Son cosas de esta puñetera profesión.

Pero, ¿sirvió de algo que Lennon conociera Almería? Pues sí: sirvió para componer una de las mejores canciones de los Beatles, Strawberry Fields Forever, aunque Lennon luego se quejara de que se le hicieron en Londres tantos arreglos psicodélicos que la destrozaron; sirvió para que Lennon dejara de fingir lo que no era, comenzase a decir lo que pensaba y a ser él mismo. Buen ejemplo de ello es que volvió de Almería con gafas, algo que le ocultaba ante las fans, al igual que su matrimonio; también su relación con Cynthia, la madre de su hijo Julian, termina prácticamente en tierras andaluzas porque a los pocos días conoce a Yoko Ono; su presencia ha servido también para que la casa que alquiló se haya salvado de la especulación y ahora sea el Museo del Cine; también, claro está, para que gracias al maestro desde entonces se incluyeran todas las letras de las canciones en los discos de los Beatles y ese detalle fuera copiado por la mayoría de los grupos musicales desde entonces; y, por supuesto, para hacer una película inglesa Cómo gané la guerra, de Richard Lester y otra española de David Trueba donde un simple maestro, medio ciego y bastante sordo, que a sus 89 años sigue enseñando inglés, logra un pequeño reconocimiento, tan pequeño como una línea al final de los títulos de crédito, después del vestuario, el laboratorio, el catering o el alquiler de animales. Así es la vida.