Muchas veces cuando entro en la ducha de un hotel y miro la blanca cerámica del suelo pasa por mi cabeza la misma pregunta: “¿Aquí habrá hecho pis Mercedes Milá?”. La presentadora nos ha enseñado muchas cosas pero solo recuerdo esa, “que todo el mundo hace pis en la ducha” aunque yo, hasta que no lo dijo, no lo sabía. No es que yo sea más limpio que nadie, es que debo de vivir en un mundo paralelo al real. Es un mundo en el que trato de incluir algo de ocio televisivo pero en el que si no aprendo algo interesante cambio de ocio rápidamente. Con Milá, al menos, algo aprendí.

Y es que, desde hace tiempo, cuando enciendo la tele veo las mismas cosas. Hay hombres y mujeres vestidos con delantales alineados ante una mesa con la cara más desencajada que Rudolf Hess en los juicios de Núremberg. Y es que acaban de emplatar, -palabra que se ha visto obligada a aceptar la RAE en su última edición- y esperan lentamente el veredicto: la muerte catódica o el perdón. En otras ocasiones son niños corriendo con un plato en la mano para colocarle una hoja de berro como toque final que enganche al selecto jurado. Hay otras cadenas en las que no corren con un plato sino con un micrófono en la mano mientras los padres lloran entre bambalinas al ver que han conseguido lo máximo que un buen padre le puede ofrecer a sus vástagos: unos minutos en televisión. Los niños, disfrazados de adultos, cantan una canción de su ídolo Fran Sinatra y esperan superar el share de la final de adultos donde veo a gente bailando coreografías de musicales americanos que siempre odié y que en su versión bizarra aún duelen más.

En otras cadenas hay chicos y chicas saltando desde un trampolín. Esta es la gran novedad de los últimos años. Un pequeño salto para un concursante pero un gran paso para la evolución televisiva. Y los encierros en islas desiertas y en casas en la sierra continúan. Uno se pregunta, ¿para cuándo un encierro de famosos en un manicomio con los internos? Si ya hemos visto a famosos de paseo por los patios de la cárcel, como Bárcenas, ¿por qué no ir más allá y meter a un montón de gente en un pabellón especial de un centro psiquiátrico y luego olvidarlos dentro si el programa no supera las expectativas de la cadena?

The Times Are A-Changin’

Debo de ser un bicho raro porque con esto de la crisis leo que cada vez se consumen más horas de televisión. La media sube mientras los cines y teatros echan el cierre. Debo de ser un bicho raro, y mis amigos también, porque cada vez conozco más gente que no tiene televisión en casa. Y no la han abandonado por mostrar un toque distinción sino por desidia. Cuando quieren ver algo lo ven en streaming, sin publicidad y a la hora que les apetece. Conozco hasta uno que ha vaciado su viejo televisor para poner dentro una pecera y no lo aprendió en bricomanía. Otros tienen el aparato tan escondido dentro de un mueble en el salón que pasan días sin encenderlo porque se les olvida. Son ese tipo de gente que cuando se mete en Twitter y ve que de pronto se convierte en la famosa segunda pantalla de comentarios y cotilleos televisivos aún se siente más marciana. La televisión sirve para entretener, pero ellos se entretienen sin ella.

old tv

Cuando se inventó la televisión en los años veinte un crítico dijo que fracasaría porque nadie perdería el tiempo mirando un punto fijo en una casa. Era la época en la que la radio se había liberado de los molestos auriculares y permitía bailar con su música por el salón. Como casi siempre, el público actuó por un lado y el crítico fue por otro. Pasados casi 100 años de esas primeras imágenes, la programación televisiva ha hecho de todo. En arte se estudia una época en el Renacimiento en la que se cansaron tanto de imitar a los clásicos que apareció el llamado manierismo. En la tele puede que ahora estemos en ese momento de televisión manierista, un estilo caracterizado por la excesiva expresividad y artificiosidad. Da la sensación de que los telediarios están llenos de ciclogénesis informativas y los programas de entretenimiento dan vueltas de tuerca, hasta pasarse de rosca en algunos casos.

Cualquier tiempo pasado nos parece mejor

¿Qué pasa, que es peor la televisión de ahora que la de antes? Supongo que no. Antes había menos oferta y hasta oferta única con programas que serían vistos con la perspectiva actual como infumables. Un día, por ejemplo, le recordé a Pablo Carbonell el momentazo en el que se atrevió a preguntar, en Caiga quien caiga, al mítico Chicho Ibáñez Serrador: “Por 25 pesetas, dígame programas basura como, por ejemplo, El Semáforo”. Carbonell no recordaba la pregunta ni el enfado del mito de la televisión y puede que realmente esa pregunta nunca se hiciera y formara parte de las leyendas urbanas televisivas llenas de sorpresas a lo Ricky Martin con armario, niña y mermelada, pero no dejaría de ser un falso recuerdo que nos hace pensar que cualquier tiempo televisivo pasado no fue mejor.

Uno se pregunta: ¿la televisión debe informar, formar y entretener? Supongo que, a estas alturas de la película, la televisión debe de servir para dar contenidos a Internet y que cada uno que se entretenga, se informe o se eduque cuando quiera, con ella o no. En esta ciclogénesis informativa, con entretenimiento manierista casi flamígero, estoy casi seguro de que para educarse sí es mejor ir a la universidad, al colegio y, de vez en cuando, a la biblioteca de tu barrio.