Capítulo primero: Adoraba Nueva York.

manhattan-poster-artwork-woody-allen-diane-keaton-mariel-hemingwaySon estas palabras las primeras que se me vienen a la mente cuando alguien nombra Manhattan (1979), una de las maravillas que podemos encontrar en la filmografía del neoyorkino Woody Allen. Posterior a Annie Hall (1977) -primera cinta que le otorgaría el calificativo de geniole sirvió a modo de clímax en su etapa más fantástica y abrió un espacio más en ese imaginario colectivo que todos tenemos de la ciudad de los rascacielos, pero yendo más allá, ya que con sus planos secuencia en blanco y negro acompasados a ritmo de George Gershwin hace nuestro su amor incondicional por Nueva York, poniendo la guinda en su querida Manhattan. Tal y como se oye en off en las primeras escenas: Nueva York era su ciudad. Y siempre lo sería.

Porque esta cinta, por encima de todo, es una declaración de amor a La Gran Manzana y quizás la historia de Isaac Davis, un treintañero muy cascado que mantiene una relación con una joven de 17 años y a la que pretende engañar con la pedante amante de su amigo, sea solo un hilo conductor para mostrarnos un skyline de la urbe neoyorkina, sus puentes, Central Park, el Guggenheim, sus calles numeradas, sus edificios… solo un McGuffin para mostrarnos la ciudad. Con esto, no quiero despreciar en absoluto el guion coescrito entre Allen y Marshall Brickman que dibujan unos personajes perdidos y pseudomaduros que no saben lo que quieren, pero que se ven bien con un cigarrillo en la mano –pero sin tragarse el humo, porque causa cáncer- y se divierten criticando a Bergman, Scott Fitzgerald, Van Gogh o a quien haga falta para demostrar una superioridad intelectual –inexistente- que oculta la inteligencia emocional. Solo es la joven de la que el protagonista está enamorado, Tracy, la que desde su inocencia y su inexperiencia no recae en la pedantería o el esnobismo y parece ser la única que sabe lo que quiere en esa danza de locos y sus respectivas relaciones.

manhattan_2Pese a la sátira, al sarcasmo y a los gags, Allen crea un drama desolador, un retrato de una sociedad decadente e insensibilizada. Sin embargo, deja un pequeño pero agradecido espacio para la esperanza y nos anima a ser optimistas, hay muchas cosas que hacen que la vida valga la pena, solo que, a veces, somos demasiado tontos para darnos cuenta. Quizás, uno de esos motivos para seguir adelante sean las películas como esta, las bandas sonoras, los romances… porque, como dice el maestro Scorsese: las películas tocan nuestros corazones, despiertan nuestra visión, y cambian nuestra forma de ver las cosas. Nos llevan a otros lugares. Nos abren las puertas y las mentes. Las películas son los recuerdos de nuestra vida. Tenemos que seguir con vida. Todo queda dicho.