itcartUno de los aspectos que más me chirría de la cultura estadounidense es su incombustible insistencia a la hora de erigirse como epicentro mundial a las primeras de cambio. Tanto en el cine como en las series de televisión, todas las catástrofes tienen lugar en Nueva York y todos los héroes están patrocinados por barras y estrellas. Si más allá de sus fronteras osan hacerlo mejor, en vez de rendirse a la evidencia, suelen optar por recurrir al tan manido recurso del remake. Precisamente, eso fue lo que sucedió en 2007 cuando intentaron adaptar The IT Crowd con una revisión que no pasó del episodio piloto.

La sitcom británica protagonizada por Chris O’Dowd (La boda de mi mejor amiga), Richard Ayoade (Submarine) y Katherine Parkinson (Radio encubierta) insufló una ola de aire fresco al humor británico allá por el año 2006. A través de cuatro temporadas de apenas seis capítulos y con una irregularidad impropia de la legión de fans que tenía detrás, Channel 4 comenzó a montar un imperio de pequeñas grandes joyas que se extiende hasta la actualidad. Aunque algunas buenas producciones como Skins o Black Mirror todavía se libran, muchas otras como Shameless ya cuentan con su propia versión al otro lado del charco. Pero la historia suma y sigue, porque otras tantas, véase Utopía, ya están preparando su desembarco de la mano de David Fincher y la HBO.

A donde quiero llegar es a que hay cosas que es mejor no tocar. Hace unos años, el cómico Simon Pegg -quien por cierto es el padrino de la popular Apple, la hija de Gwyneth Paltrow y Chris Martin- escribió un acertado artículo en The Guardian acerca de las insalvables diferencias que existen entre el humor británico y el norteamericano. Aunque se trate del mismo idioma, el choque de culturas es tal que, cuando ambos se mezclan de forma brusca, se crea una polémica planetaria del calibre de la que Ricky Gervais generó durante los Globos de Oro 2013.

itcrCuestión de tacto

Años antes, uno de los cinco factores que apuntaba la Paste Magazine para incitarnos a ver The IT Crowd era su prodigioso dominio de la sátira. Y es que los estadounidenses pueden presumir de muchas, muchas virtudes, pero difícilmente podrán alcanzar las cotas de excelencia que alcanza la ironía inglesa. He ahí donde fracasan -salvo contadas excepciones como The Office– la mayoría de las adaptaciones. Poniendo un ejemplo más cercano, hacer un calco de Torrente fuera de nuestras fronteras sería una condena inmediata hasta el más profundo de los abismos del share. En cambio, si se moldease el concepto en función de la cultura local, algo más se podría rascar. Es decir, podría reproducirse la forma pero no el fondo.

La mayoría de las adaptaciones nacieron, nacen y nacerán más muertas que Bruce Willis en El sexto sentido y solo el virtuosismo de un grupo de guionistas avispados podrá regatear a la debacle. Poco importó que la versión estadounidense de The IT Crowd contase con uno de sus protagonistas originales (Moss). Aquel artificio de aparente éxito seguro solamente fue una nueva muestra de cómo anteponer la imitación a la creación es siempre una mala idea. E ideas, precisamente, era justo lo que abundaba en The IT Crowd.