Hace un año y medio, Steven Soderbergh anunció que abandonaba definitivamente la dirección de cine. La decisión, tomada con premeditación tras su llegada al medio siglo de vida, levantó en muchos de nosotros un sentimiento de nostalgia anticipada. El artífice de títulos tan interesantes como Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989) o Traffic (2000) alcanzó en Hollywood ese cotizado estatus que, a partir de ahora, le permitiría hacer lo que le venga en gana, cuando le venga en gana y como le venga en gana. Por ello, su primera incursión a tiempo completo en las series de televisión tenía todo para alcanzar la excelencia. Y así ha sido.

The Knick cartel promocional Clive Owen

Con esa premisa por delante, sumemos otro nombre a la lista: Clive Owen (Hijos de los hombres; Closer). Director y actor son la piedra angular sobre la que gira una poderosa historia centrada en un hospital neoyorkino de principios del siglo XX. El intérprete británico, coetáneo de Soderbergh, encarna a John Thackery, un cirujano cuyo carisma solo es equiparable a su adicción a la cocaína. Salvando las distancias, el suyo es un personaje del calado de Don Draper (Mad Men); un rara avis detestado y admirado a partes iguales, que crea en el espectador un sentimiento de vacío que se va saciando a medida que transcurren los 10 episodios que componen la primera temporada.

Pero tampoco nos engañemos, The Knick es un producto de digestión lenta. La excesiva cantidad de tramas secundarias, alguna de ellas prescindibles, lastran un hilo argumental con infinitas posibilidades de cara a temporadas venideras. Sin embargo, no es menos cierto que todas ellas están al servicio de un contexto necesario que, a su vez, ayuda al espectador a comprender un moment0 de tantas evoluciones como injusticias. Aparte de Owen, el resto de estos personajes alimentan unos arquetipos un tanto facilones -monja abortista, negro apto pero discriminado, etc.- que permiten destacar a una jovencísima Eve Hewson, también conocida por ser la bien formada hija de Bono, el cantante de U2.

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No apta para escrupulosos, la serie de Steven Soderbergh es parca en efectismos, cruda en realismo y contundente en eficacia. Iluminada por el primoroso clímax del octavo episodio, The Knick se ha colado por la puerta grande entre las producciones más destacadas del último curso, con lo que nos cansaremos de verla competir en la inminente temporada de premios.