Aunque por norma general solemos hablar de películas de actualidad, he de advertiros: hay una película por ahí que debéis conocer para no ver. Se titula Riki-Oh (La historia de Ricky) y lo que empezó como un manga japonés sobre un futuro distópico -¡el lejano 2001, ni más ni menos!- se convirtió en una cinta que, por suerte, solo dura hora y media escasa.

Esta película trata de un hombre al que parece que le haga falta un buen cocido pero que, por avatares de la vida, termina en la cárcel más terrible del momento, por mucho que nos vendieran que era Alcalá Meco. Resulta que allí se encontrará con los asesinos de su querida novia, a quien quiere vengar. Ricky no dejará pasar la oportunidad y, evidentemente no dudará en enfrentarse a todo un clan yakuza que es dueño y señor del penal.

Los elementos de esta película parecen sacados de cualquier otra de Van Damme o Schar…Swarch… ¡Stallone! Sí, pero con pequeñas diferencias. El director, cuyo nombre prefiero no tomar en vano, ha conseguido hacer una película mala, pero que muy mala. Estoy convencido de que el pobre hombre se gastó más en psicólogos que en maquillaje, efectos especiales y guionistas todo junto.

Cine de serie Z

Llegados a este punto debemos ponernos “serios” y decir la verdad. Es una peli cutre. Pero de lo más cutre que se ha llegado a producir. Algunos lo llaman serie B, pero de serie Z no pasa ni de casualidad. Y teniendo esto en cuenta, no sé si es coincidencia o una especie de genialidad, pero la película debo reconocer que es divertida. Os avisaba de que no la vierais, pero si tenéis una de esas tardes tontas en las que no sabéis qué hacer, estáis con amigos y no os apetece pensar -ni mucho ni poco-, esta debe ser una de las serias candidatas a rellenar vuestra tarde. Seguramente terminaréis de verla pensando “pero, ¿qué acabo de ver?”. Y no sin razón.

Con unas escenas de pelea que por mucha sangre que derramen no consiguen llegar a impresionar, la etiqueta de gore resulta casi ridícula para algo que más que dar asco, da risa. Litros y litros de salsa de tomate, kilos de plastilina y una violencia que roza lo demencial: una receta irresistible que no por ello deja de ser de lo peorcito que se puede ver.