tarde para la ira - cartel final películaCuando sabemos que un actor va a meterse a dirigir, normalmente nos mostramos escépticos. Eso ha sido hasta ver el oficio mostrado por Raúl Arévalo, que parece asemejarse a un caso de Ben Affleck español. El discípulo aventajado de Alberto Rodríguez se vuelve Sam Peckinpah para mostrarnos una implacable atmósfera de tensión, emoción y venganza con Tarde para la ira.

Con la experiencia de La isla mínima, Arévalo se empapó y tomó nota de qué debería tener una película suya. No obstante, ha sabido darle un toque personal en detalles propios: la atronadora banda sonora, la magistral dirección de actores, los planos fijos, cercanos y en primera persona, en las miradas, dudas y explosiones de los personajes… Todo ello enfocado en dar un ambiente conocido para el público, hostil e intrigante, tenso hasta resultar atrayente. Estamos ante una historia de personas que se dejan llevar por las circunstancias y las emociones, que necesitan cerrar páginas del pasado para volver a la normalidad, cueste la sangre que cueste.

Si bien la historia puede volverse previsible y poco sorprendente, la efectividad en la ejecución lo compensa con creces. Los diálogos son cotidianos, como las localizaciones, muestra de que es algo que nos puede pasar a todos. Aunque pueda faltar conversación, los gestos y la frialdad pasional de los protagonistas son el guion que el film necesita. Una mirada de odio, de melancolía o de inseguridad ante el cumplimiento de la venganza dice más que un discurso. Además, los efectos de sonido e iluminación ayudan a la sensación de estremecimiento e incertidumbre. No siempre es necesario mostrar sangre en pantalla para sentir escalofríos, y Tarde para la ira es la mejor prueba.

Tarde para la ira, con los Goya en el horizonte

tarde-para-la-iraPreseleccionada para la sección Horizontes del reciente Festival de Venecia, ha sido una de las grandes triunfadoras. La crítica internacional ha alabado la ópera prima del director español y a sus intérpretes. En especial, la frialdad y templanza de Antonio de la Torre, antiguo compañero del director y protagonista indiscutible, y de una vital Ruth Díaz. El primero, un hombre corriente que sabe que solo él puede actuar, y se resigna a seguir sus emociones. La segunda, ganadora del premio a Mejor Actriz del Festival en dicha sección.

Los tres, con un iracundo y maleable Luis Callejo, temeroso bajo una fachada agresiva, son favoritos a los Goya. Curiosamente, será una edición que contará con la competencia directa entre Raúl Arévalo y El hombre de las mil caras de Alberto Rodríguez. Quién sabe si el alumno superará al maestro. Mención especial para Manolo Solo, que tiene una aparición breve pero capaz de robar planos a los protagonistas, con cambios de tono de voz y apariencia muy destacados.

A todos estos puntos hay que añadir un metraje de duración justa, que no aburre ni se regodea. Sabe lo que quiere contar y no indaga en otras consecuencias. Con un final abierto y que te deja exhausto después de hora y media, solo queda esperar al próximo film de Arévalo. Una joya en bruto pero ya consagrada como director.

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