Rock and roll is a risk. You risk being ridiculed

Sing streetSe cumplen ya 10 años desde que el director irlandés John Carney unió por primera vez en una película la fórmula mágica que le llevaría a ser reconocido como un cineasta con estrella. La receta incluía: una pareja con química, las calles de Dublín y música, mucha música. La cinta se tituló Once (2006). Siete años después, Carney cruzó el charco y puso a Keira Knightley tras un micrófono siguiendo los compases que le marcaba Mark Ruffalo en los tejados de Nueva York y fue entonces cuando Begin Again (2013) nos robó definitivamente el corazón. Este año, el irlandés pretende volver a hacerlo con su último largometraje, Sing Street, en el que se traslada a los años 80 de su Dublín natal para contarnos la historia de Connor (Ferdia Walsh-Peelo), un adolescente que decide formar una banda de música con sus nuevos compañeros de instituto.

La música vuelve a ser el hilo conductor de este largometraje teen cuyo motor principal es la búsqueda de un camino propio. A ritmo de The Clash, Bowie o The Cure descubriremos la vida familiar de Connor, marcada por las continuas peleas entre sus padres y por las instructivas conversaciones sobre música con su hermano Brendan, dejándonos grandes escenas para el recuerdo con este, además de un personaje secundario eléctrico, interpretado por Jack Reynor. Sin embargo, será fuera de su casa donde Connor llevará a la realidad las lecciones aprendidas y, movido por el flechazo de que siente por Raphina (Lucy Boynton), se decidirá a formar una banda de rock. El amor mueve montañas, pero también rasga guitarras.

El sello Carney

sing streetSing Street viene a demostrarnos que la receta de Carney sigue siendo exitosa. Quizás sea por la humildad que desprenden sus largometrajes o tal vez por la sencillez o simpatía que despiertan. De cualquier modo, en esta última cinta ha sido capaz de transmitirnos a través de su protagonista unas ansias de libertad y de rebeldía, propias de los pasillos de instituto y las bandas de garaje, toda una oda a la nostalgia adolescente. Recordaremos tiempos convulsos de nuestra vida caminando de la mano de Connor, que busca su propio estilo y camino en la vida, recordándonos tal vez a ese Benjamin Braddock que se buscaba a sí mismo en El graduado (1967).

En los aspectos más técnicos podrían destacarse la estupenda recreación de los años ochenta de la ciudad de Dublín y de sus habitantes. Conviene dejarse embelesar por sus fuertes acentos en la versión original que te introducen en el contexto social del film y, por supuesto, por su maravillosa banda sonora. Es el propio director el autor de las canciones que ponen ritmo al film y que molan, molan mucho (¿Soy yo la única persona que piensa que el tema Brown Shoes es la propia versión de Carney de Another brick in the wall?).

Es fácil dejarse llevar por la melodía de Sing Street, por su ligera historia de amor, por el carisma de sus protagonistas, por su aire rebelde… al fin y al cabo, ¿no es fácil soñar?