1898Hay episodios de un país que se guardan en la memoria colectiva. Historias que inician reacciones y llaman a recapacitar sobre qué somos. La pérdida de las últimas colonias de un imperio donde no se ponía el sol es uno de esos hechos.

Con un precedente cinematográfico en los años 40, esta nueva revisión nos enseña el punto de vista radicalmente contrario. Antibelicista y épica a la vez, el film muestra lo que conlleva una guerra, por minúscula que sea, aunque a veces se trate de contiendas personales contra uno mismo. Aunque nos escandalicemos, las personas no dejan de ser seres humanos con demonios internos, miedos e inseguridades. Las mismas que sacan lo mejor y lo peor de sí en situaciones extremas, en nombre de una patria o por su propia supervivencia. La epicidad reside en todo lo mencionado, también en el orgullo y la derrota.

1898: Los últimos de Filipinas es un buen espejo y reflejo del que extraer todo lo dicho, visto con amplitud de miras y producido sin complejos por sus responsables. El director, Santiago Calvo, en su ópera prima, resuelve con maestría un rodaje complicado, de gran dificultad técnica. Los efectos especiales y el conjunto de aspectos técnicos se ponen al servicio de unas interpretaciones descarnadas. Con dosis de acción justas y necesarias, sin sobrecargar las escenas, el guion y los diálogos reflejan a la perfección las vicisitudes y los problemas entre las clases sociales españolas y entre los distintos estamentos dentro del ejército, un cuerpo con la gloria del pasado en la cabeza y con unos soldados que se sintieron olvidados por sus superiores.

El espíritu del 98 y los problemas nacionales

En un reparto coral y heterogéneo, Luis Tosar refleja el prototipo 1898-ultimos-filipinas_0del veterano al que no le importa regresar. Sin nada más de qué preocuparse. Por desgracia, es una actuación que quizá no sea de las mejores de su carrera. Lo que no quiere decir que sea mala. El recientemente nominado al Goya como actor revelación Ricardo Gómez y Álvaro Cervantes sobresalen en sus respectivos papeles. Sobre el resto, Javier Gutiérrez y Eduard Fernández también tuvieron mejores días, con roles que parecen paródicos en algún momento.

Llaman especialmente atención la cuidada fotografía, los parajes naturales y el maquillaje y los efectos para heridos y mutilados. Hay una gran habilidad para rodar los planos en el reducido espacio de una iglesia. Un edificio donde la crudeza de las consecuencias de las batallas alcanza la divinidad, mientras la locura y la desesperación caen a los infiernos.

Machado y la generación del 98 supieron expresar con palabras lo que supuso la pérdida de las colonias. Sentimientos de malestar nacional y de despertar de un sueño pasado. De afrontar que hay problemas nacionales que deben resolverse. Quizá eso sea lo más épico de este asedio infrahumano: poder regresar a tu tierra para descubrir la realidad.